MI EXPERIENCIA CON EL AYAHUASCA
January 9th, 2008El año pasado realicé mi primer viaje por el Perú. El motivo por el cual decidí explorar ese país fue por un estilo de turismo bastante difundido recientemente, el denominado turismo vivencial. Este tecnicismo trata de algo tan sencillo como formar parte de la cotidianeidad del lugar. Consiste principalmente en captar, aprender y seguir el estilo de vida de los pobladores de la zona, y no ser tan solo un espectador silencioso recostado en un hotel.
El destino que escogí, de las tantas maravillas que existen en el Perú, fue la selva, exactamente la comunidad de San Francisco en la ciudad de Pucallpa. En primer lugar contacté con una conocida agencia de viajes llamada Amazon World donde me ofrecieron un paquete turístico de cuatro días que incluía hospedaje, alimentación, visitas a los lugares más atractivos y un ritual. El precio era bastante bueno (150 dólares) pero lo que más me llamó la atención fue la parte del ritual.
Muchos de mis amigos, en los últimos meses, me han estado hablando de una ceremonia que tiene lugar algunos países de Sudamérica. Me comentaron acerca de experiencias metafísicas en Colombia, Brasil y Perú. Algunos de ellos volvieron a España muy cambiados, otros bastante decepcionados. Cuando me ofrecieron un paquete turístico que incluía un ritual supuse que se trataba de la ceremonia del Ayahuasca.
Este detalle captó toda mi atención durante el viaje. Cuando llegué a la comunidad de San Francisco, en mi mente sólo estaba el conocidísimo ritual. Durante mi primer día de estadía en el hotel sólo pensaba en el Ayahuasca y todo lo que involucra. Se dice que por medio de esta ceremonia se puede conocer el destino o la forma en que uno va a morir. Otros dicen que ves imágenes de colores, animales y espíritus. Mientras yacía en la hamaca del hotel pensaba que todo podía ser una falsedad puesto que entre las historias de mis amigos también se encontraban muchas en las que aseguraban que todo era mentira, una estafa. Como que un poblador cualquiera te ofrecía una infusión amarga y de color oscuro que tan sólo te hacía vomitar. Ni una sola revelación, nada sagrado ni impresionante.
Cuando llegó el día de la ceremonia yo estaba emocionadísimo. Recuerdo que la mañana estaba iluminada y que la luz del sol se filtraba entre los grandes árboles de manera que el suelo, repleto de hojas secas que crujían con cada paso, lucía moteado de color amarillo claro. El sendero por donde andaba estaba flanqueado por muchas tiendas en donde otros turistas aprendían a elaborar vasijas o hilvanar textiles. Seguí caminando indiferente a lo que ocurría a mi alrededor hasta que encontré la carpa de color gris donde se iba a llevar a cabo en el ritual.
Antes, mientras atravesaba el río a bordo de un “peque-peque”, típica embarcación de la zona, los tripulantes me dijeron que por lo general las ceremonias de Ayahuasca se realizan en la noche y que sería un error hacerla a media mañana. Mi curiosidad era tan grande que hice caso omiso y me dirigí a la carpa gris tan temprano. Una vez dentro de la tienda, me di cuenta que no era el único curioso. A mi lado derecho había dos personas que lucían un poco temerosas. El que se encontraba más cerca era, según él, un reconocido abogado de Lima y la otra persona era supuestamente una actriz. Ambos no me podían interesar menos. Delante de mí se encontraba la guía, era una mujer vestida con una falda de verano y un polo rojo. Mientras manipulaba un par de termos decía unas cuantas palabras en otro idioma y de pronto me alcanzó una taza de plástico celeste. El sabor amargo del brebaje hizo que retorciera el rostro en un gesto cómico. Luego sentí un poco de mareo y las cosas empezaron a salirse de foco. Entonces comprendí que mi viaje había empezado.
No tengo por qué entrar en detalles. Sólo basta con decir que es cierto, se encuentran muchas respuestas al probar esa bebida. A mí en particular no me cambió la vida, sin embargo, fue una experiencia que nunca olvidaré.