SEMANITA EN CHIPRE
August 7th, 2007Las noches en Chipre, un recuerdo indeleble difícil de borrar. Un verano cargado de hermosas escenas nocturnas y espectaculares días de playa donde hubo tiempo para todo y para todos. Muchas actividades se atropellaban entre sí y no sabía cuál elegir primero. ¿Bastaría una semana? Quizá la pregunta bebería ser ¿Aguantará el cuerpo más de una semana?
El viaje a este país siempre fue un misterio para mí. Como todos sabemos Chipre es un país ultra pequeño. Claro eso sólo sucede en el mapa porque a la hora de plantear diversión es un gigante. Esta isla es un puente natural entre Asia y Europa y se encuentra en el Mar Mediterráneo al sur de Turquía. Llegué a la capital Nicosia un día domingo de verano por la noche. La verdad es que llegué cansado, venía de una semana agitada en la que estuve terminando una mudanza a la par que iba programando este viaje de vacaciones que de lo contrario no hubiese visto la luz hasta sabe Dios cuando. La “ciudad blanca” como le llaman algunos me recibió con calidez. Cuando me dirigía a mi hotel me di cuenta que el entorno parecía extraído de un capítulo de la serie Miami Vice. Predominaban los establecimientos iluminados con mamparas gigantescas y luces encendidas, los edificios eran lujosos al igual que la mayoría de autos que se encontraban aparcados en las avenidas. Los peatones no se quedaban atrás y se observaba el glamour por todas partes. Hermosas mujeres caminaban por las calles felices y con una amplia sonrisa. Ese era el reflejo del lugar, relajación. Los problemas parecían desaparecer nada más pisar las calles. Uno quería ser parte de ese sentido etéreo de la vida, mi viaje había empezado, me esperaba una semanita muy agitada, la iba a pasar muy bien durmiendo un promedio de cuatro horas diarias.
Cuando menos me di cuenta, el taxi ya se estacionaba a las puertas del hotel. Este era bellísimo por fuera. Tenía unas puertas de vidrio muy altas, como si un Diplodoco fuese a hospedarse ahí, el marco de las mismas era de aluminio dorado, los manubrios eran igualmente gigantescos, como diseñados para algún gigante salido del Deuteronomio. Los anfitriones me recibieron cortésmente, abrieron la puerta trasera del taxi y me saludaron en inglés, respondí con una sonrisa y avancé por la alfombra que servía de cauce para los visitantes del hotel. Avance varios pasos a través del lobby del hotel que presentaba unos mosaicos de mármol en el piso y llegué hasta el mostrador de recepción. Ahí me di cuenta que algo andaba mal. Santo cielo, había olvidado mi maletín de mano en el taxi, me di cuenta cuando quise extraer mi libreta de notas en donde apunté el número de cuarto que había reservado así como mis documentos. Sin decir una sola palabra y ruborizado di media vuelta y emprendí la marcha de regreso rápidamente. Los trabajadores del turno de la noche del hotel me miraron sorprendidos así como algunos pocos clientes que se encontraban en la zona, supuse que pensaron que se trataba de un robo, no me importó, la verdad es que poco o nada me importaba en esos momentos, si llegaba a perder mi maletín de mano quedaría aislado en ese país al menos por unos días. Afortunadamente cuando llegaba a la gigantesca puerta pude ver que el chofer del taxi que había dejado minutos antes, le entregaba mi maletín a uno de los botones del hotel. Respiré aliviado al tiempo que desaceleraba la marcha y fui al encuentro de mi pequeño portafolios. Ya con mi agenda en la mano me registré en el hotel no sin antes disculparme por mi exabrupto. La recepcionista con una dulce sonrisa me invitó a pasar a mis habitaciones deseándome una feliz estancia. Así lo hice y me dirigí rumbo al ascensor que presto me esperaba. Al menos el viaje había empezado con cierta emoción. Me encontraba sólo pero seguro de que unos buenos días me esperaban. No me equivoqué. Al día siguiente nomás, antes del desayuno la primera sorpresa tocó mi puerta, hacía tiempo que no tenía un amanecer tan dulce, si señor.